Entrevista en revista Viva (Diario Clarín)

Entrevista en revista Viva (Diario Clarín)

En terapia con AbadiLa cantante cumplió 40 años con la música y confiesa que no podría ser otra cosa que lo que es. Está feliz porque aprendió a «tomar las oportunidades». El rol de la maternidad en su vida.

– Se te nota plena, Sandra, en un momento de gran madurez.

Me siento en el mejor momento de mi vida. Cumplí 40 años con la música. Debuté el 20 de mayo del ‘76 en un lugar que se llamaba La ciudad. Soy cantante porque no podría no serlo. Es lo que más me gusta hacer en la vida. Es el lugar en el que siempre fui muy feliz.

– ¿Lo pensaste de chica?

Quería dedicarme a la música. Cuando estaba terminando el colegio, pretendía avanzar en una carrera. Me metí primero en la UCA a estudiar música y, aunque me encantó, advertí que no me iba a ayudar para llegar a un escenario. Entré, entonces, al Conservatorio de Arte Dramático, pero me puse a trabajar… ¡y era “la hija de Mónica, la periodista de Telenoche”! Mamá, una santa, hacía notas periodísticas conmigo para darme una mano.

– ¿Era una presión? A veces el apellido es trampolín, a veces es una carga.

Lo vivía como algo natural.

– El vínculo que tenías permitió esto.

Sí. Desde chica, mi vieja era mi amiga, alguien con quien tenía mucha confianza. Me fui a vivir sola muy chica, a los 20 años. Mis padres ya estaban separados. A ella no sé si le gustó tanto, pero me apoyó aunque la estaba dejando sola.

– “Sandra Mihanovich-hija de Mónica” ahora dejó de ser “Sandra Mihanovich-hija de Mónica”: ya tenés lo que se llama un peso propio. Y uno asocia tu historia artística con tu madre, pero el apellido tuyo es Mihanovich: ¿quién es tu papá?

Iván Mihanovich, arquitecto, polista, pintor, espléndido, perteneciente a una familia muy atractiva: cinco hermanos varones y una mujer, la tía Sonia, una figura muy importante para mí, mi madrina. Ella era la que me llevaba a cantar. También cantaba. Yo creo que soy lo que a la tía Sonia le hubiese gustado ser.

– ¿A tu papá le gusta lo que hacés?

Le gusta lo que hago, le gusta la música.

– Hay una cierta fantasía de una pertenencia socioeconómica tuya que no corresponde a la realidad. Para vivir tenés que trabajar.

Sí, y me gusta mucho. Me parece que la mayor riqueza es la capacidad de adaptación. Me gusta andar en subte, y me gusta tener el auto pero que no importe si no tengo el auto. Así como aprendo a disfrutar de las cosas lindas, siempre fui muy precavida. De todas maneras, partamos de la base de que soy una privilegiada: me gano la vida haciendo lo que me gusta.

– Vos lo buscaste y lo lograste. Uno puede tener todo de arriba y ser un individuo que hace lo que le toca en lugar de lo que quiere hacer. O puede, desde otro lugar, refundar siempre. El viaje es personal.

Yo últimamente encontré una expresión que me resulta útil para hablar de eso: tomar las oportunidades.

– La gente cree que las oportunidades suceden de vez en cuando, pero las oportunidades están de forma ininterrumpida: lo que sucede de vez en cuando es verlas. Si uno piensa en tu itinerario, tuviste momentos de plenitud y obstáculos difíciles. ¿Por cuál empezamos?

Obstáculos difíciles siento que no tuve demasiados. Hace unos siete años sufrí una neumonía autoinmune. He sido una mujer muy sana. Más allá de que en 1991 tuve fibromas y me sacaron el útero, anduve perfecto. Pero con la neumonía autoinmune dije: “¿Esto lo fabriqué yo? ¿Cómo puede ser? ¿ Qué está pasando? ¿Por qué estoy fabricando esto?”.

– O sea, dijiste: “¿Me llevo bien con mi cuerpo? ¿Lo quiero? ¿Lo cuido? ¿De qué me está hablando este cuerpo? ¿Me ataco?” Hay en vos una pregunta en torno a la identidad del cuerpo.

Me generó una conciencia de la vulnerabilidad que no tenía. No es que yo me sintiera todopoderosa, pero sentía que manejaba las cosas. Esto era un descontrol, si bien yo era quien lo fabricaba.

– ¿Te llevás bien con tu cuerpo?

Sí. Siempre fui deportista. Jugué mucho al hockey. Estuve en el seleccionado juvenil. Y cuando terminé el colegio sentí que tenía que dejar, que el hockey no era compatible con ser cantante, que no me ayudaba a moverme en el escenario, a tener gracia, a ser más femenina, que el deporte nos lleva a las mujeres más para el endurecimiento. Cuando debuté como cantante me dieron un micrófono. Tenía una banda que me acompañaba, debía estar parada y no sabía qué hacer con el cuerpo. ¿Qué es esto que me salió abajo de la garganta? Sentía que mi cuerpo no acompañaba toda la expresividad y la comodidad que tenía cantando. Que había como una máquina de timidez y división: pasaba por ahí.

– No calzaba bien la emoción con la que cantabas con el modo en el que el cuerpo lo expresaba.

Eso fue algo que se corrigió con los años. Aprendí a cantar en pubs, salté de ahí a cantar en Obras, un estadio muy grande, con mucha gente. Lo que sentía era miedo a quedar en ridículo, a no hacerlo bien.

– ¿Cómo te llevás con tus sobrinos?

Tengo una sobrina, Sol, de 34 años, y un sobrino, Sebastián, de 32. Nuestro vínculo es muy lindo.

-¿No se te ocurrió adoptar un chico?

Sí, pero lo que me hizo caer la ficha del tema de los hijos fue lo de los fibromas. Al no tener útero a los 33 años, ya fue.

– ¿No sentís que sea algo con lo que estás “con ganas de”?

Para mí el hijo era algo para tener de a dos. Supongo que las circunstancias de la vida no hicieron que concretara ese deseo, esa fantasía, esa posibilidad.

– Uno va tomando más consistencia, más permiso y más libertad de darse los gustos con el tiempo, ¿no?

Tal cual.

– Por ahí, el alma de Sandra de hoy en el tiempo histórico de Sandra de antes lo adoptaba.

Seguramente. Te digo que, igual, tengo un contexto familiar importante. Porque yo me casé con Marita, que tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Soy la madrina de Sonsoles, de 39 años y a quien le di mi riñón. Y ella y su hijo León, que tiene 5, están viviendo en casa desde hace un año y medio porque ella se separó. Tengo un ambiente familiar adquirido.

– Los lazos afectivos que lo hacen a uno madre o padre ya no tienen mucho que ver con la biología sino con esto.

Claro. Por eso, cuando arrancamos, te dije que me sentía muy plena. Porque siento que tengo, por un lado, mis 40 años de música, mis 20 discos grabados. El año pasado hice profesionalmente lo que, para mí, es lo más lindo de mi vida: cantar en el Teatro Colón un repertorio de jazz en homenaje a Sarah Vaughan y a Ella Fitzgerald. Ahí sentía que éramos los Mihanovich que estábamos en el Colón. No era yo, percibía que estaba representando a mi familia, a toda nuestra cultura y a nuestra historia. Yo empecé cantando en inglés y dejé porque sentí la necesidad de que se entendiera lo que estaba cantando. No tenía ningún interés en que me diera placer a mí y a los que les gustaba el jazz si no se comprendía. Entonces, volver a cantar jazz 40 años más tarde fue como el moño. Nunca en mi vida se me ocurrió. Insisto: fue lo más lindo que me pasó en la vida. Porque eso es como una sensación de mucha plenitud, de haber hecho un montón de cosas, y de estar con pila y con ganas de seguir haciendo.

– ¿Componés?

Poco. Eso es, por ahí, una cuestión pendiente. De hecho, ninguna de las canciones que canto, ninguna de las que se hicieron famosas, es mía. Son todas de otros autores. Pero he compuesto algunas canciones que me gustan, que no están mal. Lo que pasa es que desarrollé una autoexigencia muy importante y he tenido la fortuna de encontrarme a lo largo de los años con grandes autores. Una canción es un tesoro. Cuando uno encuentra una buena canción, es una maravilla total. Entonces, tal vez, ponerme en ese lugar me da un poco de pudor. Es como que siento que estoy más en evidencia, más desnuda. Ahora que hicimos algunas cosas con la música, me cuesta más la palabra. La música, no: me resulta más fluida. La palabra me resulta un compromiso más grande por lo que uno dice y por cómo uno lo dice.

– Pero debés tener lindas cosas para decir. Yo que vos lo haría, te sentirías muy bien.

A veces estoy ahí, coqueteando con eso. Y doy un pasito para adelante y otro pasito para atrás.

– Estás muy contenta con tu pareja, con tu matrimonio, ¿no?

Sí.

– Encontraste finalmente tu lugar.

Sí, exactamente. Como lo dijiste: encontré mi lugar. Y estoy feliz, cómoda.

– Vos estuviste en pareja también muchos años antes.

En general, sí. He tenido muchas parejas a lo largo de los años.

-Pero no en este proyecto de convivencia.

No en este proyecto de convivencia. Además, yo siempre he sido bastante de perfil bajo, de no exponer demasiado mi vida privada. Pero, bueno, de alguna forma, esto del trasplante, fue lo que lo puso…

– ¡Qué coraje, eh!

Qué bárbaro, ¿no? Yo, la verdad, eso lo vi como una gran oportunidad. Digo: “Wow, participé de una especie de milagro”. Pude participar de algo, todo se confabuló para que pudiera ser. Me refiero a la compatibilidad y todo eso.

– ¿Tuviste miedo?

No. No sé por qué.

– ¿Fue una decisión muy personal o fue un pedido?

Fue personal. Soñé que León, su hijo, se quedaba sin mamá. Y sentí y pensé: “¿Será que yo me tengo que ofrecer?”. Entonces no se lo dije a Marita. Y, cuando fuimos con Sonsoles a ver a su nefrólogo, dije: “¿Qué hay que tener para poder donar? ¿Cómo es?” Me contestaron que lo primero eran el grupo sanguíneo y la compatibilidad. Yo soy 0 positivo; Sonsoles, también. Teníamos dos antígenos en común. Explico: en general, hay uno o ninguno. Era muy raro. Y bueno. Además, tengo la suerte enorme de no ser muy quisquillosa si me tienen que sacar sangre. Tuvimos el trasplante un lunes y el jueves ya estaba en casa. Y tomando paracetamol, lo que es no tomar nada. Una amiga, que le donó los riñones a su hija, me comentó: “Vos estás loca. Yo casi me muero. Sentí que me moría, y que me dolía”. Eso es la percepción de cada persona y de cada cuerpo.

– Digamos que ella lo vivió como algo que perdías y vos como algo que donabas.

Puede ser.

– Según dónde está el acento, cambia todo. Uno puede decir: “Puedo morir”. Y otro puede decir: “Voy a dar vida”.

Claro. Además, soy su madrina. A los 20 años, yo la tuve en mis brazos.

– Y también su cuerpo tiene latiendo algo del tuyo. Es algo gestante, sin duda alguna. No solamente es un gesto de amor hacia Marita y hacia ella. No sólo es un “somos” además de un “soy”, sino que, repito, es algo en términos gestantes.

Es increíble. Es una verdadera oportunidad que tomé.

– Es fantástico cuando uno tiene la posibilidad de disfrutar de la capacidad de amar. La gente no sabe qué bien que nos hace.

Sí. Pensaba en las enormes experiencias que tuve la suerte de hacer con otras intérpretes en los últimos años. Dejamos de ser competidoras para ser amigas. Nos juntamos porque nos divierte y si alguna está medio bajoneada. Hay muy buena onda, con muchas vivencias en común. Con quien me une una gran amistad es con Marilina Ross, a quien yo admiraba mucho. La conocí cuando volvió del exilio. De ella escuché por primera vez una canción que seguramente es una de las más importantes de mi vida: Puerto Pollensa. Bellísima canción. Y tuve la suerte de poder estrenarla en la Argentina. Hasta el día de hoy somos muy amigas. Nos fuimos su pareja, Marita y yo a Puerto Pollensa, en Mallorca, que yo no conocía. Fue lindísimo. Yo siento que esta es la época del disfrute.

– Te felicito. Y, por supuesto, muchas gracias por esta charla.

Gracias a vos. Sabía que esto iba a ser un placer

 

Vía | Revista Viva (Diario Clarín) – Por José Eduardo Abadi – (foto: Ariel Grinberg)

 

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